¿Qué nos supone artilleria en la situación actual?

Tras cada crisis, el empeoramiento de las condiciones de vida es progresivo. Si este hecho nos pasa tantas veces desapercibido es porque, para sobrevivir, nos solemos acostumbrar a cada nueva situación. Es nuestra triste manera de no quedar apartados fuera del camino, una mezcla de resignación y olvido. Pero la dura realidad, para quien se acerca a ella sin filtros de colores ideológicos, es dura e inapelable. En ella se puede dibujar ya un escenario donde trabajar no quiere decir no ser pobre. Todo el ámbito laboral se mantiene a flote gracias a una insultante precarización: el nuevo empleo consiste en extrema temporalidad y retribuciones por los suelos. Si, en el 2005, el término mileurista servía para calibrar la desventaja salarial, hoy, incluso cuando el dinero vale menos, ya no. Con una desigualdad en la que las familias más ricas ganan siete veces más que las más pobres, el cordón político-sanitario de la exclusión amenaza a un tercio de la población de este Estado. En este camino hacia la neo-servidumbre, donde todo queda al servicio de la generación de ganacias (la plena disponibilidad de nuestras habilidades, mentes, agendas, ocios, sueños, vidas…), en el fondo nos habla del colapso que se nos viene encima.

Más que una yerma nostalgia de aquel paraíso perdido del estado del bienestar, que no daba más de sí, esta debería ser una llamada de atención sobre cómo poder organizar la vida en colectivo, tejiendo redes, habitando de una manera diferente el espacio: como el Parque de Artillería. No ponerlo a disposición de la especulación, ni de las jerarquías de la burocracia, sino de las demandas sociales de los vecinos de Burgos.

 

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