¿Qué son los bienes comunales?

Una salida comunal para el Parque de Artillería. Esto significa que pase a manos de l@s vecin@s de Burgos  –no del Ayuntamiento o privadas–, para su gestión de manera asamblearia. Son muchos los ejemplos a lo largo de la historia, y en la actualidad, que demuestran que este tipo de funcionamiento es mucho más honesto, eficaz y respetuoso. Aquí, en Castilla, las reuniones de los Concejos abiertos (asambleas vecinales), mientras fueron soberanos, eran órganos de toma de decisión en colectivo sobre los asuntos que incumbían a todos. También en el movimiento obrero, y más recientemente en los movimientos sociales, son innumerables las experiencias en las que los propios afectados resuelven sus problemas organizados de manera horizontal, participativa e igualitaria. En definitiva, exigimos que no se nos siga tratando en política con desprecio, y poder desplegar todas nuestras capacidades sociales en el único interés del bien común.

 

Por supuesto, no tendría sentido de otro modo, este debería ser un espacio no mercantilizado de la existencia: donde quien importen seamos las personas, con nuestras necesidades, inquietudes, aspiraciones… Tanto lo público (en rigor lo estatal) como lo privado pasa por poner precio a todo aquello de lo que trata: en un caso lo pagamos indirectamente a través de los impuestos, en el otro directamente del bolsillo. Pero no tenemos porque andar comprándonos o vendiéndonos, según los antojos del mercado, cuando podemos desarrollar por medio del apoyo mutuo y la co-responsabilidad relaciones que hagan de nuestros barrios y de nuestras ciudades lugares para un buen vivir.

 

Además, nos parecen irrenunciables, tanto el recinto como las instalaciones de Artillería, por haber sido expoliados mediante una transacción fraudulenta, en este caso, al pueblo de Gamonal. Es hora de hacer volver común al pueblo lo que del pueblo saliera.

¿Qué nos supone artilleria en la situación actual?

Tras cada crisis, el empeoramiento de las condiciones de vida es progresivo. Si este hecho nos pasa tantas veces desapercibido es porque, para sobrevivir, nos solemos acostumbrar a cada nueva situación. Es nuestra triste manera de no quedar apartados fuera del camino, una mezcla de resignación y olvido. Pero la dura realidad, para quien se acerca a ella sin filtros de colores ideológicos, es dura e inapelable. En ella se puede dibujar ya un escenario donde trabajar no quiere decir no ser pobre. Todo el ámbito laboral se mantiene a flote gracias a una insultante precarización: el nuevo empleo consiste en extrema temporalidad y retribuciones por los suelos. Si, en el 2005, el término mileurista servía para calibrar la desventaja salarial, hoy, incluso cuando el dinero vale menos, ya no. Con una desigualdad en la que las familias más ricas ganan siete veces más que las más pobres, el cordón político-sanitario de la exclusión amenaza a un tercio de la población de este Estado. En este camino hacia la neo-servidumbre, donde todo queda al servicio de la generación de ganacias (la plena disponibilidad de nuestras habilidades, mentes, agendas, ocios, sueños, vidas…), en el fondo nos habla del colapso que se nos viene encima.

Más que una yerma nostalgia de aquel paraíso perdido del estado del bienestar, que no daba más de sí, esta debería ser una llamada de atención sobre cómo poder organizar la vida en colectivo, tejiendo redes, habitando de una manera diferente el espacio: como el Parque de Artillería. No ponerlo a disposición de la especulación, ni de las jerarquías de la burocracia, sino de las demandas sociales de los vecinos de Burgos.